Querido Befreit:
Con esta carta me despido. Me voy, bueno, cuando leas estas frases ya habré vuelto a mi pueblo en Kenia, con mi familia, la gente que verdaderamente me quiere. Espero que comprendas el por qué de mi marcha: no puedo aguantar más los insultos y los desprecios por parte de tu familia y la sociedad tan racista.
Siento no haber sido... la mujer que te mereces, aunque yo simplemente me he dedicado a amarte. Ahora es tarde pero quiero que sepas que te quiero por encima de todo y te voy a echar mucho de menos. No va a haber día que no piense en ti pero será mejor que hagas como si nunca hubiese existido y conseguirás estar bien y ser feliz.
Me hubiese gustado despedirme de ti com es debido, pero no me hubieras dejado marchar. Bueno, es mejor que me vaya ya.
Telkem ajleen.
Akelei
PD: Espero que no me guardes rencor.
Al leer la carta, el alma se le fue volando. Akelei, la mujer que amaba se había ido, le había abandonado para siempre y todo por culpa de los malditos intolerantes y racistas alemanes que les rodeaban que nunca habían aceptado su relación. ¿Qué tenía de malo que una persona africana y una caucásica estuviesen enamorados? Nada, para él, nada. Pero para su familia, para el mundo entero era algo espantoso... Si hubiese cumplido su promesa y hubiesen huido a algun lugar donde pudiesen vivir en paz, donde, a los ojos de todos, fueran dos seres iguales. Pero el maldito dinero nunca se lo había permitido.
Befreit trabajaba en una fábrica de azulejos donde ganaba un mísero sueldo al mes que utilizaba para comer y pagar el alquiler de la casucha (no merecía el nombre de casa) donde vivían. ¡Ojalá hubiese mandado el alquiler y al dueño de la casa a la mierda y hubiera llevado a Akelei al cielo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario