jueves, 5 de diciembre de 2013

El Pozo de Arán

Tras salir de la última joyería solo le quedaba una. Debía estar allí, no había otra opción. Entró en  en establecimiento aun sabiendo que esas dos le perseguían, pero ella no vaciló, si su pueblo la consideraba una guerrera sería por algo.
Allí había un par de clientes y tres o cuatro vendedores: dos hombres y una o dos mujeres. Estuvo mirando un poco por las vitrinas hasta que los clientes que había se fueron (tiempo suficiente para que esas dos –su tía y prima- entraran dificultando su fuga con la joya). Se acercó al mostrador y le pidió a una mujer que le enseñara ciertos collares de plata mientras las otras dos miraban las vitrinas con disimulo justo como ella había hecho hacía unos segundos. Cuando la mujer le trajo el género y lo abrió enseguida reconoció la pieza que buscaba: una maravillosa estrella con forma de copo de nieve de un tamaño bastante grande. Consiguió que la mujer la dejara a solas con las joyas mientras iba a atender a las otras dos mujeres. Uno de los chicos mucho más joven que la mujer que le atendió (quizá fuera su madre) no le quitaba la vista de encima para evitar que robara algo. El otro se acercó y sin dudarlo le preguntó su nombre.
-Eh… Estrella - Sonrió -.  Me gustaría llevarme esta pieza -dijo al ver que sus perseguidoras estaban siendo entretenidas.
-¿Se la envuelvo? - Le preguntó el chico mostrando su preciosa sonrisa.
-Sí, digo no, bueno, le agradecería que si pudiera meterlo en un trozo de tela sin caja…
-Lo que usted diga pero, por favor háblame de tú -. Ella sonrió.
-¿Podrías hacerme un favor?-. No tenía escapatoria así que decidió arriesgar-. Esas dos mujeres llevan un tiempo persiguiéndome, quieren robar la joya, ¿podrías ayudarme?
-¿La vas a pagar?
-Claro que sí -dijo ella y sacó una buena cantidad de dinero-. Coge lo que haga falta -. El muchacho cogió el dinero.
-Sígueme la corriente -dijo y alzó la voz -. Ese tipo de relojes los tenemos dentro, acompáñeme por favor -. Cuando ella fue a coger la joya, él se la arrebató de las manos, le susurró un “espera” y la hizo pasar adentro con la mala suerte de que se le cayó la cartera con unas cuantas tarjetas. Ella se agachó a recogerlas y él rodeó el mostrador y fue en su ayuda.
- Gracias -dijo ella.
-De nada Anabel -dijo él en tono acusativo mirando su D.N.I. Ella sonrió con timidez. Se había dado cuenta de su mentira, ¿le seguiría ayudando?
-Eh… yo…
-Acompáñame dentro -. Ella siguió al muchacho sintiéndose mal por haberle mentido aunque realmente no lo había hecho.



Los que pueden actúan, y los que no pueden, y sufren por ello, ESCRIBEN. William Faulkner 

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