lunes, 11 de mayo de 2015

Puedo contarte en español lo que no te diré en italiano

Se paró el tiempo. Sí, se paró el tiempo (al menos para mí) cuando le vi ahí dentro. La luz naranja de las 16:20 del sol de la tarde italiana le daba a su imagen un toque mágico. Tenía un niño en brazos y lo levantaba riendo. Podía ver también el agua en que flotaba, pero nada más del contexto que nos rodeaba, ni siquiera la cuarentena de personas que había allí.
En el momento en que me di cuenta de lo guapo que era y lo bueno que estaba, supe que ese croata no iba a ser nunca para mí. Por desgracia, por muy perfecto que me pudiera parecer él, yo seguía siendo una tímida extranjera que apenas hablaba el idioma común y le sobraban más de 30 kilos. Sin embargo, era inevitable el intercambio de miradas de vez en cuando teniendo en cuenta de que, de toda la gente que había allí (sin contar los niños) yo era la más joven y, bueno… la que más atención le otorgaba. Sólo tenía que echar un ojo hacia el cristal para encontrarse con mi mirada.
Cuando los 45 minutos de gloria acababan, no tenía más remedio que irme… y volver en media hora para asegurarme de grabar en mi mente esa imagen divina.
Recogí a la peque y, tras una ducha, le ayudé a vestirse y a secarse el pelo, un proceso lento y fatigoso que, cuando venían las dos niñas era insoportable.
Salimos fuera de los vestuarios. Acostumbrábamos a estar media hora más para que las niñas merendaran y para que el cambio de temperatura para ellas no fuera tan brusco. La peque se sentaba de espaldas al cristal, yo, para acompañarla, frente a ella, aprovechando los últimos minutos del día que tenía para verle… hasta el próximo martes.

miércoles, 7 de enero de 2015

La zona ciega

El siguiente texto pertenece al libro La zona cieca de Chiara Gamberale. Originalmente está en italiano y lo he traducido como he podido. Pero me ha gustado tanto que sentía la necesidad de compartirlo...

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-No digamos gilipolleces, nosotros no somos una pareja, somos dos personas que se están cercanas en un momento difícil.

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-Odio tu profundidad y tu ironía, de una mujer encuentro erótico solo la estupidez.

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-Tócate las pelotas, no te digo donde he estado y, en cualquier caso, no te gustaría saberlo.

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-Vale, lo admito, una noche me acosté con una francesa que encontré en una fiesta, pero sólo sucedió esa vez. Quizá también otra vez, pero ¿qué importa? Ahora te soy fiel.

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-Siempre la tendré contigo porque después de todo lo que he pasado creo que me merezco el premio de una buena amistad, quizá sexual por qué no, sin responsabilidades ni complicaciones, y no me las has concedido.

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-¿Es mi culpa si me quiero llevar a la cama a todas las mujeres que veo? Quiero ser sincero contigo, debes saberlo.

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-No entiendo porque te has anclado a esta idea de la convivencia. ¿Piensas que de alguna manera puedo cambiar? ¿Piensas que puedo hacerte sentir más segura, más protegida? Pobre ilusa.

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-Nunca estaré en los momentos en que deberé estar, que te entre en la cabeza. Si se muere tu padre, se muere tu madre, si tienes un accidente, preferiré siempre irme a fumar un porro a cualquier parte hasta que no hayas resuelto tus problemas sola.

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-Y no pongas esa cara. Tú debes ser mi precioso y divertido payaso. ¿De otra manera, qué sentido tiene estar juntos?

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-Porque lo admito, estoy contigo por conveniencia. Porque eres joven, guapa, ganas bastante como para mantenerte sola y no necesitarme, porque si alguien me ve contigo me puede envidiar. Punto

Quisiera tanto ser menos triste para hacerla feliz
-Me falta una bonita tóxica noche con una desconocida que no se ni como se llama y me la mantiene en la boca.

Continúa sintiendo la necesidad de decirme todas estas maldades. Pero puede decirme lo que le parezca, sé que en realidad quisiera tanto ser menos triste para hacerme feliz.